El verano llega y las ganas de explorar nuevos lugares y de encontrarse con la naturaleza son muchas. Como siempre,  la mayor dificultad al momento de encontrarme con otra cultura y otro paisaje, es el de ser vegetariana  y no consumir alimentos que lleven leche, queso, huevo, etc.

En estos últimos años que he estado viajando por el norte de Argentina y de Chile, Bolivia, Perú y  Brasil, he encontrado una forma de no pasar hambre ante la sensación de no conseguir alimento sin carne ni pescado o pollo.

Me gusta viajar a mochila, donde generalmente llevo una garrafita “de bolsillo” que utilizo como cocina para los cereales y legumbres. Llevo platos de plástico, utensillos de cocina, y un tupper lo suficientemente grande para armar una buena ensalada, sal marina  y una jarrita donde se pueden cocinar  los cereales o calentar agua.

Cada vez que voy a un hostel pregunto si tienen cocina que yo pueda utilizar, ya que generalmente disfruto más cocinarme. Tampoco encuentro mucha oferta de restaurantes que puedan ofrecerme algo más que una ensalada.

Muchas veces  caí en comer papas fritas, porque es lo apto que te ofrecen en la calle, y fue una salvación para algunos momentos, pero tampoco lo veía como una opción saludable para estar comiéndolas seguido.

Los mercaditos de frutas y verduras generalmente son mi perdición, me siento como si estuviera en una juguetería teniendo 5 años. La variedad de colores y de olores que aparecen, además de la cantidad de frutas desconocidas  que muero por probar. Ahí me proveo de cereales y legumbres para armar mis ensaladas, y compro las verduras que voy a utilizar en dos o tres días para no tener que ocuparme por unos días de  salir a comprar.

Me encanta tomar licuados de frutas de la zona. Frutas que muchas veces no se encuentran por Buenos Aires en su mejor estado, como papayas, mangos, maracuyá, acerola, y muchas más con nombres raros como bacurí, cupuazu, acai o graviola.

Este año me pasó, en el norte de Brasil, tomando un barco que me llevaba por el Amazonas hasta Alter do Chao, que la gente asombrada miraba qué era lo que yo llevaba en mi tupper.  Algunos se animaban a preguntar, pero  ninguno a probar. Y no era que estaba comiendo nada extraño, muchas veces era granola con banana y pasas de uva, o ensalada con quinoa.

Cuando me preguntaban por qué comía eso y no lo que ofrecían en el barco, decía que era vegetariana. Cada vez que se planteaba una charla,  yo sentía que estaba dejando una semillita de una realidad diferente.

Si vas a hacer un viaje, espero que este texto te haya servido para darte una “forma”, de muchas que deben haber, para comer lo mejor posible viajando. Los mercaditos son las mejores opciones siempre, por lo barato y por la variedad que podes encontrar, además del trato con la gente del lugar.

Buen apetit y buen viaje!