Hace 3 años y 8 meses compré a mi mejor amigo. Hoy les quiero contar por qué JAMÁS volvería a comprar un animal.

Fitz es mi perro. Fitz es un labrador. Hace casi 4 años fui a una veterinaria y lo compré cuando sólo tenía 4 meses. Como muchas personas, en ese momento yo creía que comprar un perro de raza aseguraba ciertas características físicas como un tamaño específico, un pelaje determinado, pero también y mucho más importante, un temperamento y un carácter especial. Sin embargo, la realidad no es tan simple. Cada perro es distinto y una raza no asegura nada. Su carácter y su comportamiento dependerán del trato que reciba y de cómo sea educado por su familia.
Al comprar perros lo que realmente estamos haciendo es ser parte de una industria cruel que no tiene como prioridad el bienestar de los animales, sino que -como todo negocio-  busca conseguir la mayor utilidad con el menor costo posible. Esto implica que los cachorros son separados tempranamente de sus madres generando problemas conductuales que se verán en el futuro como timidez, agresividad, ansiedad, entre otros. Sin mencionar los cachorros que son exhibidos en pequeños caniles en las tiendas de mascotas por días o hasta semanas.
Pero incluso si no compras en una tienda de mascotas (y como yo lo hice) crees que comprar de un veterinario es una alternativa ética, te voy a contar por qué te equivocas.

A los pocos meses de tenerlo conmigo, Fitz comenzó a tener problemas para caminar. Pasó de ser un cachorro hiperactivo a un perro que en la mitad de su paseo se sentaba en la calle y no quería avanzar. Lo llevé al veterinario y el diagnóstico fue categórico: Fitz tenía una de sus caderas subluxadas producto de una displasia muy severa que el doctor no había visto jamás en un perro tan joven. La displasia es una malformación de la cadera que produce un degaste irregular de la articulación lo cual, a su vez, genera mucho dolor y pérdida de movilidad en la extremidad. Al ser una condición que se agrava por el desgaste, normalmente sus efectos se ven en perros de raza grande y de edad avanzada. Sin embargo aquí estaba un cachorro con su fémur a punto de salirse de la cavidad que lo contiene con tan sólo 6 meses de edad.

Busqué opiniones alternativas, visitamos especialistas, incluso probamos reiki y acupuntura veterinaria. El único consenso era que nadie había visto que un perro tan joven presentara un caso tan avanzado de displasia. ¿La explicación? Al ser una malformación congénita, lo más probable es que sus padres o abuelos sufrían de esta enfermedad en un grado también muy severo y a pesar de ello fueron utilizados como reproductores.

A pesar de su condición, hoy Fitz es un perro feliz. Fue operado muy joven y la cirugía le ha permitido hacer una vida normal.  Aun así,  ningún veterinario ha querido aventurarse a dar un pronóstico de cómo será su vejez debido a la severidad de su malformación.

Al comprar un mascota de raza no estamos sólo eligiendo características físicas, cosa que por lo demás nadie puede asegurar. Lo que realmente estamos haciendo es fomentar una industria que cosifica a los animales y los reduce a un objeto que puede ser intercambiado por dinero a costa, muchas veces, de su salud como lo fue en el caso de mi perro.
Los amigos no se compran. Y si no estás dispuesto a invertir tiempo y esfuerzo en cultivar una relación con tu mascota probablemente no estás listo para tener una. Una determinada raza no es equivalente a una buena mascota. Nada reemplaza la paciencia y dedicación que se requiere para enseñar y educar a un perro, pero si estás dispuesto a hacer esa inversión la recompensa será insuperable.
Si estás listo para embarcarte en una increíble aventura y asumir las responsabilidades que ello conlleva, la mejor alternativa es siempre adoptar.