Por: Teresa Torres

Hace un par de semanas, la noticia de que un chifa (restaurante de comida china) en Lima vendía carne de perro causó mucha indignación. Cabe anotar que de acuerdo a la reciente ley de protección animal, la crianza y comercio de animales de compañía para consumo están prohibidos. Era bueno entonces que se hubiera descubierto un negocio así y se hubiera salvado a varios perros de ese destino. De hecho, en la camioneta donde se transportaba la carne, estaba un perro atado y en un costal, quien fue rescatado por los colectivos que protestaron.

Ahora bien, muchos apuntaron la hipocresía de los que se indignan de saber que se crían perros para comer, pero no por las vacas, pollos, cerdos, peces, que se comen habitualmente. Y esto quedó comprobado cuando una semana después, salieron los resultados del análisis de laboratorio. Después de todo, no era carne de perro, sino carne de vaca. Todos estaban aliviados ahora, y la discusión giró hacia la difamación que se había hecho contra el dueño del chifa. Muchas celebridades visitaron el chifa para resarcir su imagen. Inclusive, se le devolvió el perro encontrado (aun cuando transportarlo en esas condiciones no da mucha fe de que lo vaya a cuidar bien).

También se enfocó la discusión en cómo los ‘animalistas’ hacían escándalo por gusto, y realizaban denuncias sin fundamento, lo cual al final mella la imagen del movimiento. Así, algunos de los implicados incluso se disculparon con los afectados, dado que, además, la indignación se cruza, a veces, con la xenofobia. Y si bien es cierto que en algunas ciudades chinas es tradicional consumir perro y gato (como se muestra en el festival de la ciudad de Yulim), muchos olvidan que en China también hay activistas por los derechos animales, que también protestan contra el consumo de estos animales.

Pero el tema de fondo, el principal, quedó olvidado. ¿Por qué nos indigna tanto que sea carne de perro, y nos alivia que sea de vaca? ¿Qué hay de diferente entre estos animales para que en un caso se vea como una aberración y en otro, como algo natural?

Los seres humanos no solemos ser racionales al momento de justificar nuestras decisiones. Actuamos más basados en las emociones que en la razón. Además, estamos siempre parcializados hacia nuestras propias acciones. No nos gusta cuestionar ni que nos cuestionen lo que hacemos. ¿Cómo va a estar mal comer carne de vaca si es algo que siempre hemos hecho? Y aun cuando nos presenten evidencia y buenas razones: los animales de granja sienten dolor al igual que los perros, también forman vínculos entre ellos y con los humanos (como la vida en los santuarios lo muestran), son igual o más inteligentes que los perros, etc, igual preferimos seguir con nuestros hábitos. Algunos, incluso, cambian la culpa por el cinismo: hay que comernos a los perros también, dado que no hay ninguna diferencia.

Al contrario, creo que está bien que muestren indignación hacia el consumo de carne de perro. No indignarnos ante eso nos despoja de toda empatía. Pero esa indignación también debe estar dirigida hacia la industria de la carne que tortura y mata billones de animales cada día. Nuestra empatía no puede ser selectiva una vez que ya conocemos qué es lo que pasa con los animales que nos comemos. Y debemos apelar a la emoción y a la razón. Y además, apelar a la razón de que no hay justificación moral para comernos uno y no el otro. Ambos sienten y sufren por igual. Ambos también quisieran una vida en libertad.

Esa es la discusión que deberíamos tener todos los días, en cada comida. ¿Por qué querer a uno y comerse al otro? Podemos ir dejando esa hipocresía e inconsistencia, que es realidad parte del especismo (o, específicamente, carnismo, en términos de la psicóloga Melanie Joy), que hace que nos importen unos animales pero no otros, y atrevernos a bajar la venda de los ojos en lo que respecta a los demás animales. Actualmente, reducir o dejar completamente los productos animales es bastante factible, y lo demuestran los millones de vegetarianos que viven saludablemente.

Entonces, hagamos algo productivo de la indignación de ver a un perro atado supuestamente llevado para ser consumido. Salvemos no solo a ese perro sino también a los billones de vacas, cerdos, pollos, peces y otros animales, que como ese perro, no quieren terminar en un plato de comida.